Corría el año 325 después de Cristo. El emperador Constantino convocaba en la ciudad de Nicea a más de trescientos obispos del mundo conocido para resolver, de una vez por todas, los grandes debates teológicos que amenazaban con fracturar el imperio. Sobre la mesa, los textos sagrados. Las cartas de Pablo. Los evangelios. Las disputas sobre la naturaleza de Cristo.
Pero imaginemos, solo un momento, que alguien se equivoca de estantería.
Que un monje despistado, en algún scriptorium de Alejandría, empaqueta por error la obra completa de un tal J.R.R. Tolkien —traducciones del futuro llegadas quién sabe cómo— y que los obispos del Concilio de Nicea, en lugar de deliberar sobre el Evangelio de Juan, se encuentran ante La Comunidad del Anillo, Las Dos Torres, El Retorno del Rey, El Silmarillion y todos los apéndices.
¿Qué religión habría nacido de ese error?
La Teología del Único Anillo
Lo primero que habrían debatido los teólogos es la naturaleza del Mal. Olvidaos del diablo como ángel caído con cuernos y tridentes. El gran antagonista de esta nueva fe sería Sauron: un ser de luz corrompido por el deseo de control, cuya esencia misma quedó fragmentada en un objeto de poder. La herejía no sería el ateísmo, sino querer poseer el Anillo. El pecado capital, no la soberbia, sino la voluntad de dominio.
Los teólogos escolásticos habrían pasado siglos debatiendo si el Anillo es el Mal en sí mismo o simplemente un espejo que amplifica lo que ya existe en el corazón de quien lo porta. Santo Tomás de Aquino habría escrito tres volúmenes sobre ello. La respuesta, naturalmente, nunca habría quedado del todo clara.
La Santísima Trinidad Tolkieniana
El Concilio de Nicea, recordemos, se convocó en parte para resolver el problema de la Trinidad. Con Tolkien en mano, la solución habría sido mucho más rica —y mucho más confusa.
Ilúvatar ocuparía el lugar del Dios Padre: distante, creador, que diseñó el mundo mediante una música cósmica y luego se retiró a observar. Un dios que no interviene directamente, lo cual habría dado un dolor de cabeza enorme a los inquisidores medievales, acostumbrados a un dios más intervencionista.
Los Valar serían algo así como los ángeles y santos, pero con poderes casi divinos y personalidades muy marcadas. Mandos, el señor de los muertos. Ulmo, señor de los mares. Yavanna, creadora de los árboles. Las catedrales góticas no habrían tenido un solo santo en sus vidrieras: habrían tenido a Varda, Señora de las Estrellas, iluminando cada nave con luz fría y azul.
Y luego estarían los Istari, los magos. Gandalf habría sido, sin discusión posible, la figura cristológica central: un ser de naturaleza divina que desciende al mundo en forma humilde, muere en las profundidades de Moria combatiendo una oscuridad primordial, y resucita transformado, más poderoso y luminoso. "Fui Gandalf el Gris. Ahora soy Gandalf el Blanco." Si eso no es material para un credo litúrgico, que venga Dios y lo vea.
Los Hobbits como Pueblo Elegido
La gran revolución teológica habría venido, no obstante, de los protagonistas. Porque el héroe de esta historia no es un rey, ni un mago, ni un guerrero invencible. Es Frodo Bolsón, un habitante del Shire que fuma en pipa, disfruta de las comidas de seis tiempos y nunca había salido de casa.
La teología tolkieniana habría puesto en el centro de la fe a los pequeños, a los insignificantes, a los que el mundo no tiene en cuenta. Los humildes no heredan la tierra como promesa futura: son ellos, precisamente, quienes salvan el mundo cuando todos los grandes han fallado. Habría en esto algo profundamente subversivo que los poderes de turno habrían tardado mucho en domesticar.
El Papa llevaría pies peludos bordados en su mitra. O al menos, debería.
La Liturgia del Lembas y la Comunión de la Compañía
Pensad en los sacramentos. El pan de lembas, horneado por los elfos, que nutre el cuerpo y el espíritu con un solo bocado, habría sido el centro de una eucaristía completamente distinta. "Un bocado de lembas puede llenar el estómago de un hombre crecido." Poco margen para el debate sobre la transubstanciación: el milagro es evidente, comestible y bastante práctico.
La comunión no sería una hostia individual y silenciosa. Sería la Comunidad: nueve personas de razas distintas, con motivos distintos, con miedos distintos, unidas por un propósito. El ideal de la Iglesia no sería la salvación del alma individual, sino la formación de Compañías. Pequeños grupos heterogéneos que caminan juntos hacia lo imposible. Los monasterios medievales habrían parecido todavía más razonables de lo que ya eran.
El Problema de Gollum: La Misericordia como Doctrina
Aquí es donde la teología se pone verdaderamente interesante.
Gollum es un ser corrompido, consumido por siglos de posesión del Anillo, capaz de traicionar y matar. Y sin embargo, Frodo le concede misericordia. Gandalf, el propio Gandalf, dice la frase que habría dado forma a toda una doctrina moral: "Muchos de los que viven merecen la muerte. Y algunos de los que mueren merecen la vida. ¿Puedes dársela? Entonces no seas tan rápido en dispensar la muerte como juicio."
Una iglesia fundada en esta frase habría tenido enormes dificultades para sostener la Inquisición. O para fundarla siquiera.
La salvación de Gollum —involuntaria, paradójica, obtenida en el último segundo en el borde del fuego— habría generado un debate teológico de proporciones continentales: ¿puede salvarse quien no quería salvarse? ¿Es la gracia algo que se ejerce incluso a través de la codicia y el mal? San Agustín habría enloquecido. Lutero habría clavado sus 95 tesis igualmente, pero sobre un árbol del Shire.
El Fin de los Tiempos según Tolkien
Todo mileniarismo cristiano mira hacia el Apocalipsis, la batalla final, el juicio. El equivalente tolkieniano, la Dagor Dagorath, la última batalla en la que Morgoth regresará y el mundo será destruido y rehecho, habría producido una escatología de lo más peculiar.
Pero lo que más habría perturbado a los Padres de la Iglesia es el tono de la conclusión. Porque el Señor de los Anillos no termina con trompetas y gloria. Termina con Frodo en el Shire, incapaz de disfrutar de la paz que ayudó a crear, herido para siempre por lo que cargó. Termina con una partida hacia los Puertos Grises, hacia algo que no se llama cielo ni paraíso, sino simplemente las Tierras Imperecederas: un lugar de curación y descanso al otro lado del mar.
Una religión fundada en esa imagen habría prometido no la gloria eterna, sino algo más modesto y quizás más humano: la posibilidad de sanar.
Epílogo: Lo que nos dice el experimento
Por supuesto, nada de esto ocurrió. Tolkien era un católico devoto que escribió su obra conscientemente impregnada de teología cristiana. El experimento mental, en cierto modo, funciona en la dirección contraria: el Señor de los Anillos ya contiene mucho de lo que el Concilio de Nicea trató de articular, filtrado por la imaginación de un filólogo del siglo XX.
Pero el ejercicio vale la pena, porque nos recuerda algo esencial: los textos que una comunidad elige como sagrados no son neutrales. Dan forma al tipo de dios que se venera, al tipo de héroe que se admira, al tipo de pecado que se teme y al tipo de redención que se espera.
Y en un mundo donde la religión tolkieniana hubiera prosperado, quizás estaríamos debatiendo menos sobre el poder y más sobre si somos capaces de soltar el Anillo cuando llega el momento.
Lo cual, pensándolo bien, no parece una mala pregunta para cualquier época.